La Mentira

La mentira es una declaración realizada por una persona, ocultando o falseando una información, y esperando que los oyentes la crean. Una cierta oración puede ser una mentira si el interlocutor piensa que es falsa o que oculta parcialmente la verdad. Como dicen: "Para Mentir se necesita de dos, uno que mienta y otro que crea."

viernes, 22 de julio de 2011

Peligros y precauciones

Los errores que se cometen en el descubrimiento de los engaños no sólo incluyen creerle al mentiroso sino también, y a menudo esto es mucho peor, no creer al sincero. Un juicio equivocado de esta última índole puede infligir una herida profunda a un niño si no le creen cuando dice la verdad, por más que luego se intente de muchas maneras enmendar el error. También para un adulto puede tener funestas consecuencias que no le crean cuando es sincero; puede arruinar una amistad, o hacerle perder un empleo, o echar a perder su vida.Si bien es imposible evitar del todo los errores en la detección del engaño, pueden tomarse precauciones para reducirlos.
La primera de esas precauciones consiste en volver más explícito el proceso de interpretación de los signos conductuales del engaño. Aunque la información sobre la forma en que el rostro, la voz, el habla y el resto del cuerpo pueden traicionar un engaño no evitará por completo los errores, tal vez los vuelva más evidentes y corregibles.





Otra medida de precaución consiste en comprender mejor la naturaleza de los errores que se producen al detectar un engaño. Hay dos clases de errores de este tipo: errores de Incredulidad y errores de Credulidad. En los primeros, se piensa equivocadamente que miente una persona que dice la verdad; en los segundos, se piensa equivocadamente que dice la verdad una persona que miente.
La distinción entre los errores de credulidad y los errores de incredulidad es importante por cuanto obliga al cazador de mentiras a prestar atención a dos peligros gemelos. No hay modo de evitarlos por completo a ambos; a lo sumo, la alternativa consiste en elegir el menos arriesgado. El cazador de mentiras tendrá que evaluar cuándo le conviene correr el riesgo de ser engañado y cuándo el de formular una acusación falsa. Lo que pierda o gane sospechando del inocente o creyéndole al mentiroso dependerá de la índole de la mentira, del carácter del mentiroso y de la propia personalidad del cazador de mentiras.
No hay ninguna regla general en cuanto a cuál de ellos puede evitarse más fácilmente. A veces existen en ambos casos las mismas probabilidades; también depende de cada mentira, de cada mentiroso y de cada cazador de mentiras.
Ambos tipos de errores obedecen a las diferencias individuales, a eso que se conoce como el riesgo de Brokaw, consistente en desatender a las diferencias de conducta expresiva de los individuos. Los errores de credulidad se producen a raíz de que ciertas personas, simplemente, no se equivocan nunca al mentir. El cazador de mentiras debe recordar que la ausencia de un signo de engaño no es prueba de veracidad. Pero también la presencia de un signo de engaño puede ser falaz, llevando al error opuesto, a un error de incredulidad por el cual se juzga mentiroso a alguien que está diciendo la verdad.
Lo que hace que algunas personas parezcan estar mintiendo cuando en realidad dicen la verdad no es una tortuosidad sino algún rasgo peculiar de su comportamiento, una idiosincrasia expresiva. Lo que en cualquier otro sería un indicio del engaño, no lo es en su caso.
Llamar mentiroso a alguien que se expresa siempre en forma sinuosa o indirecta es cometer un error de incredulidad; pensar que dice la verdad alguien que habitualmente habla de forma fluida y uniforme es cometer un error de credulidad. En este último caso, si el individuo miente, es probable que su discurso se vuelva más sinuoso y cometa más equivocaciones al hablar, pero aun así puede pasar inadvertido porque su manera de hablar es mucho más depurada que la de la mayoría de la gente.
La única manera de reducir los errores que obedecen al riesgo de Brokaw es basar la propia opinión en los cambios que presenta la conducta del sospechoso. El cazador de mentiras debe comparar el comportamiento habitual del sospechoso con el que muestra en el momento en que se sospecha de él.
Los primeros encuentros son particularmente vulnerables al error, además, por las diferencias entre las personas en su modo de reaccionar ante un primer encuentro de esta índole. Algunas lo hacen con toda soltura, pues han aprendido muy bien las reglas de cómo se debe actuar en tales ocasiones, y por tanto la muestra de comportamiento que ofrecen no es representativa. A otras la primera entrevista les genera ansiedad, y tampoco en este caso (aunque por el motivo opuesto) su conducta ofrece un buen criterio de comparación. Lo ideal es realizar varios encuentros para fundar sus juicios y establecer un parámetro o criterio comparativo al aumentar su familiaridad con el sujeto.
Hay quienes piensan que detectar mentiras es más fácil si las personas no sólo tienen cierta familiaridad, sino que se conocen íntimamente, pero no siempre es así: en los amigos o amantes, en los miembros de una familia, entre colegas, pueden surgir puntos ciegos o prejuicios que impiden formarse una opinión precisa sobre la base de los indicios del engaño presentes en la conducta.
Menos vulnerable al riesgo de Brokaw es la interpretación de cuatro fuentes de autodelación, a saber: los deslices verbales, las peroratas enardecidas, los deslices emblemáticos y las microexpresiones.
Estas cuatro fuentes de autodelación se diferencian en un mismo aspecto de todos los demás indicios del engaño: el cazador de mentiras no precisa contar con una base de comparación para evitar cometer errores de incredulidad. Por ejemplo, no tendrá que preocuparse de la interpretación que le dé a algunas de esas acciones en una primera entrevista, y averiguar antes si no constituye una acción habitual en el sospechoso. Por el contrario: será afortunado para el cazador de mentiras que el sospechoso tenga tendencia a esas autodelaciones. Pero si bien están eximidas de la precaución de la familiaridad previa a fin de evitar los errores de incredulidad, no lo están respecto de los errores de credulidad: de la ausencia de éste o cualquier otro indicio del engaño no puede inferirse que alguien dice la verdad. No todos los mentirosos incurren en deslices, microexpresiones o peroratas enardecidas.
Otra fuente de perturbaciones igualmente importante, que da origen a errores de incredulidad, es el error de Otelo, en el que se incurre cuando se pansa por alto que una persona veraz puede presentar el aspecto de una persona mentirosa si está sometida a tensión. Un individuo sincero tal vez tema que no le crean, y ese temor puede confundirse con el recelo a ser detectado que es propio de un mentiroso.
No son éstos los únicos sentimientos que pueden presentar tanto los sinceros de quienes se sospecha como los mentirosos; aunque sus razones no sean las mismas, unos y otros pueden sentirse sorprendidos o enojados, decepcionados, disgustados o angustiados ante las sospechas o las preguntas de quienes los interrogan. Por lo tanto, los cazadores de mentiras deberían empeñarse en tomar conciencia de sus prejuicios respecto del sujeto de quien sospechan. También debe procurar tener en cuenta la posibilidad de que un signo de una emoción no sea un indicio de engaño, sino un indicio de lo que siente una persona sincera cuando se sospecha que miente. Ese signo, ¿está referido a la emoción que provoca mentir, o a la emoción que provoca ser falsamente acusado o juzgado? El cazador de mentiras debe estimar qué emociones tendrá probablemente un cierto individuo del que sospecha, no sólo en el caso de que mienta, sino también en el caso de que diga la verdad.
Pero la inlerprelación de los signos conducluales del engaño puede seguir siendo azarosa aun cuando las cosas estén bien claras, como en este caso -cuando se sabe qué emociones podría tener el sospechoso en caso de mentir o de decir la verdad, y cuando esas emociones no son idénticas-. Y ello se debe a que muchas conductas son signo de más de una emoción, y en tal caso debe desestimárselas si algunas de dichas emociones pueden aparecer cuando el sujeto dice la verdad y otras cuando miente.

PRECAUCIONES QUE DEBEN TOMARSE AL INTERPRETAR LOS INDICIOS CONDUCTUALES DEL ENGAÑO

Evaluar los indicios del engaño es problemático. En la lista que ofrecemos a continuación se resumen todas las precauciones que deben adoptarse para reducir los riesgos mencionados.
  • Tratar de explicitar los fundamentos de toda intuición o sospecha sobre la posible mentira de alguien.
  • Recordar que en la detección del engaño se corren dos peligros: cometer errores de incredulidad y cometer errores de credulidad. No hay modo de evitar por completo estos dos tipos de errores.
  • La ausencia de todo signo de engaño no es prueba de veracidad: algunas personas no se autodelatan nunca.
  • Autoexaminarse acerca de los prejuicios que uno pueda tener sobre el sospechoso, y preguntarse si acaso ellos no podrán torcer las posibilidades de formular una opinión correcta.
  • Debe contemplarse siempre la posibilidad de que un signo emocional no sea indicio de ningún engaño, sino de cómo se siente una persona veraz de quien se sospecha que ha mentido.
  • Tener en cuenta que muchos indicios del engaño son signos de más de una emoción.
  • Hay que averiguar si el sospechoso sabe o no que se sospecha de él, y conocer cuáles son las ventajas y desventajas que ambas situaciones presentan para la detección del engaño.
  • Si se tiene conocimiento de datos que el sospeehoso sólo podría conocer en caso de estar mintiendo, y puede interrogárselo, aplicar la técnica de lo que conoce el culpable.
  • No llegar nunca a una conclusión definitiva basada exclusivamente en la interpretación propia de los indicios conductuales del engaño.

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